Hace menos de un mes veíamos en el Rallye de Francia a un Sébastien Loeb pletórico, emocionado, orgulloso,... por una vez, descuidaba el rostro de concentración que siempre le acompaña, ese que a veces le hace adquirir un halo robótico, para dar rienda suelta a sus sentimientos. Y no era para menos, pues, en lo que parece ser la declinación de su carrera en el Mundial de Rallyes, un campeonato en el que ha ganado todo, "Seb" pudo celebrar su séptima corona mundial en el marco de su ciudad natal, recibiendo el calor de sus paisanos que le vieron cambiar las mallas de gimnasta por un mono de competición, en los tramos en los que dio sus primeras trazadas poco después de que empezara a competir en la fórmula de promoción "Rallye Jeunes", a la que se inscribió por casualidad o por designios del destino...
Pues bien, después de bañarse en multitudes, de emborracharse de ego y de llevar a la realidad el sueño de todo gran campeón, Loeb se ha vuelto a postular como el Eddy Merckx de los rallyes en la penúltima cita del Mundial, el Rallye RACC Catalunya-Costa Daurada. En tierras tarraconenses, en el país de su fiel escudero Dani Sordo y rodeado de los viñedos de la zona, que quizás le recuerden a los que afloran en la ribera del río Mosela, un terreno que también se incluye entre sus dominios; "Seb" ha vuelto a abrumar.
Poco le ha importado apagar la ilusión a toda la afición nacional que pensábamos, esta vez de forma objetiva y con argumentos de peso encima de la mesa, que el palmarés de victorias españolas en el Mundial, ese que parece llevar anclado desde hace seis años en las costas argentinas, justo cuando quedamos condenados a navegar sin "patrón", se volvería a poner en funcionamiento justamente en nuestro país.
Pero, desde que los WRC comenzaron a rugir en la zona profunda de Tarragona, sobre unos preciosos tramos de tierra-asfalto que los responsables del RACC encontraron como un oasis en un desierto después de recorrer miles de kilómetros por toda la comarca, "Seb" dejó ver que en cuanto coloca sus manos sobre un volante no piensa otra cosa que en ganar.
Una vez más su tocayo Ogier se puso respondón por la tarde y a poco le quita el liderato y los titulares; pero "Seb" no parecía preocupado, al menos no tanto como en primavera, durante el Rallye de Portugal, y el sábado, cuando las carreteras serpenteantes, de doble carril y piso liso volvieron a recuperar el protagonismo del rutómetro, Loeb sacó los instrumentos de delineante, el lápiz y el compás, para hacer una demostración al que está llamado a ser su sucesor. Luego dejó que el ímpetu y la ambición ahogaran a su futuro compañero de equipo.
A partir de entonces, "Seb" se conformó, se apoltronó al frente de la general y, como un jefe consolidado, dejó los méritos para los demás. En este grupo llegaba Sordo, que, después de sufrir en los tramos de tierra con un coche que su empleador reconocía no haber afinado al máximo, una vez había superaba en el cálido asfalto a los finlandeses de Ford, poco acostumbrados a estas carreteras como pasarelas, se empleaba con ahínco, cual becario en prácticas que lucha por dar continuación a su contrato. Pero enfrente se encontraba con un trabajador veterano que aún no quiere ni oír hablar de la jubilación; Petter Solberg resistía el domingo los ataques del español, le seguía de cerca en los cronos, y mantenía su lugar en la recta de meta. Otra explosión de gozo para "Míster Bollywood"
La foto final del Rallye Catalunya ha vuelto a ser la misma que en las últimas cinco ediciones. Loeb ha prorrogado su dominio un año más, y ya son sesenta y una las victorias que le contemplan. Lo que ha cambiado ha sido el protagonista del segundo lugar; Sordo no ha podido mantener su racha, y al menos ha acabado subiendo al podio en un rallye que aspiraba, tanto como todos los que le seguíamos desde la cuneta, a ganar. Ahora es el futuro lo que le debe preocupar, pero, desgraciadamente, al menos de momento el gris otoñal parece ser su tonalidad...