F1

Vettel y Schumacher diluyen las ilusiones de Alonso y Ferrari

La salida del coche de seguridad tras el accidente de Michael y una parada en boxes imitando a Webber sepultaron las opciones del espa

Vettel y Schumacher diluyen las ilusiones de Alonso y Ferrari

Nacho Villar

Fotos: Red Bull Racing

Hoy era el día. El calendario no se podía retrasar más. Alonso, Webber, Vettel y Hamilton, cuatro astros del volante, iban a luchar por el ansiado título. De esta guerra a cuatro bandas sólo podía salir un ganador y tres derrotados. Es lo que tiene la Fórmula 1, aquí ni se empate ni se comparte, sólo uno se lleva la tarta a casa.

El circuito de Yas Marina presentaba un aspecto idílico para jugarse la gloria. El ocaso se contemplaba en el horizonte, la pista adquiría el tono anaranjado tan característico de los atardeceres en el desierto, los lujosos yates se balanceaban mansamente en el embarcadero del circuito mientras sus dueños ejercían de testigos directos sin mostrar demasiado interés. Su existencia no iba a cambiar en función de lo que ocurriese en las cincuenta y cinco vueltas que iban a comenzar unos minutos después; la que sí podía cambiar era la vida de uno de los cuatro protagonistas que se iban a encontrar en el asfalto, del que mejor supiera jugar sus cartas.

En la salida la potencia del McLaren permitía a Button adelantar a Alonso, que se limitaba a cerrar la puerta a Webber. Por delante, Vettel arrancaba sin problemas ante Hamilton. Y, entonces, tenía lugar una de las claves que a posteriori ha decidido este Mundial. Uno de los jueces que más activamente ha participado en el veredicto ha sido Schumacher, el mismo que ayer tras la calificación mostraba una actitud paternalista con el autor de la pole, mirada afectuosa, sonrisa satisfecha; tal vez veía en él a su pupilo, tal vez descubría en su rostro al que un día después iba a ser el nuevo Campeón del Mundo.

Michael se peleaba con su compañero Rosberg en la chicane, trompeaba y se quedaba mirando de frente, desafiante, al pelotón. La mayor parte se buscaba la vida para esquivar al alemán, excepto Liuzzi, que se lo merendaba bruscamente haciendo añicos el frontal de su monoplaza. El safety car salía a la pista cuando aún no se había pasado ni una sola vez por la línea de llegada. Los comisarios tardaban varias vueltas en limpiar la zona. Algunos pilotos aprovechaban para entrar a boxes a poner neumáticos súperblandos. Webber comentaba inocentemente por radio que el tren trasero le deslizaba demasiado. No se dio cuenta que acababa de hacerse el harakiri, de decir adiós al Mundial: había dado la “luz” a su equipo poniéndoles encima de la mesa la estrategia perfecta para favorecer a Vettel sin necesidad de dar órdenes totalitarias que pudieran malear su imagen.

Webber paraba, en el box de Ferrari se fijaban únicamente en el australiano, no tenían en cuenta las variables de otros pilotos que pudieran dar al traste con la ecuación ganadora, y avisaban a Alonso para que montara las mismas ruedas que el australiano. Fernando se detenía frente al garaje de su equipo, los mecánicos sustituían los neumáticos, y el español salía como una exhalación, templando el pedal del gas en la traicionera salida del pit-line, retornando a la pista por delante de Webber, del único que parecía capaz de aguar la fiesta en Maranello. La jugada parecía magistral. El asturiano manejaba con maestría el volante de su Ferrari camino de su tercer entorchado mundial.

Pero, una vez superada la euforia, los hechos hacían que el panorama para Alonso se tornase tan negro como la oscuridad nocturna que ya reinaba en el circuito de Abu Dhabi. Los de delante estaban rodando rápido con neumáticos blandos, y buena parte de los coches más lentos habían aprovechado la salida del safety car para hacer su parada. Sí, Webber y Alonso habían caído de la mano en la misma trampa. Y empezaban en compañía un largo calvario físico y mental bajo los deslumbrantes neones del circuito de Yas Marina. El título se les escapaba a los dos candidatos que más opciones tenían de alcanzarlo.

El australiano parecía tirar la toalla, como si estuviera viviendo una situación de ostracismo que más tarde o más temprano sabía que iba a tener que encarar. Pero Fernando no se daba por vencido, era consciente de que llevaba encima de su casco las ilusiones de toda la afición española, de los amantes de Ferrari, de sus mecánicos, de su equipo,… en definitiva, de todos los que creemos en él.

Pero en su camino hacia el Mundial se ha cruzado un ruso llamado Petrov. Vitaly ha hecho la mejor carrera de su vida, ha sido la peor pesadilla del español en la noche árabe. El logo del alerón trasero del Renault se ha plantado delante de Fernando una y mil veces, como si no quisiera que su antiguo piloto le “traicionara” ganando el Mundial con otra marca, como si se estuviera vengando por haber dicho en un anuncio que se había "cambiado para ganar"... Desgraciadamente, Alonso no ha podido despertar de esa pesadilla, la bandera a cuadros ha aparecido antes de lo que nos hubiera gustado y el sueño del tercer Mundial se ha diluido.      

En cabeza, el mejor coche que jamás se haya construido volaba alado sobre el asfalto, cruzaba la línea de meta con estampa de campeón.  Las bombillas de las farolas, los flashes de las cámaras, hacían deslumbrar la purpurina que decora el casco del chico que se encontraba al volante: Sébastian Vettel. La alegría se desbordaba en su interior, corría por el box de su equipo, donde festejaban el triunfo de un piloto al que llevaban preparando para este momento desde hacía varios años. El alemán saboreaba el momento más dulce de su vida entre lágrimas, gritos y felicitaciones. Llegaba a la zona de podio, se ponía de pie sobre el morro de su Red Bull, postergaba el momento de la celebración queriendo prolongar esos instantes hasta la eternidad. Estaba paralizado, había creído con amargura que no se iba a ver en ese púlpito, no al menos este año Había imaginado ese instante tantas veces que no sabía cómo actuar; y, por fin, tirando de manual, se quitaba el casco, levantaba el puño con energía (la del Red Bull), señalaba a su equipo en un gesto único que era hecho suyo por los mecánicos, por cada una de las personas que le miraban en comunidad con loores de Campeón. Y se marchaba entre alharacas de la prensa gráfica, sonrisa veinteañera en el rostro, camino del podio, feliz, satisfecho, saboreando cada secuencia de un sueño del que ya nunca podrá despertar.