Bryan Bouffier se doctor

El franc

Bryan Bouffier se doctor

Nacho Villar

Fotos: IRC Series

Después de la "tormenta perfecta" que puso patas arriba la general del Montecarlo en la jornada de ayer, la última etapa, con la Nuit du Turini como protagonista, se presentaba como ese último escollo que debían salvar aquellos que quisieran alcanzar la gloria. La jornada del viernes se abría con un tramo matutino que servía para abrir boca hasta la tarde. En esa especial de casi treinta kilómetros el líder Bouffier se dejaba más de veinte segundos respecto a Sarrazin, autor del mejor tiempo, pero Bryan seguía tranquilo al frente de la clasificación cuando Delecour, sin nieve sobre el terreno, se dejaba con él diez segundos. Todo se debía decidir cuando la noche cayese sobre las montañas francesas.

El Turini se celebraba con poca nieve en su recorrido más allá de la que algunos espectadores suelen arrojar a la carretera, sobre todo en la zona más alta del puerto. Los intensos haces luminosos de los faros, las bengalas, hogueras,... quebraban la oscuridad de la montaña. Y en este terreno el que aprovechaba para brillar era Vouilloz, que tras dos etapas anodinas se arrojaba en la bajada y marcaba el mejor tiempo por delante de Loix, Hänninen y Basso, que también parecía resurgir con la llegada de la Luna. En la parte alta de la tabla este único tramo bastaba a Bouffier -que se quedaba cerca del scratch- para quedarse liderando en solitario con cincuenta segundos de colchón sobre Loix, que adelantaba a un Delecour que, aunque amenazaba con destaparse en un terreno que conoce como los lobos que bajan por la noche de las montañas, cedía más de veinte segundos de golpe sin saber encontrar una explicación aparente.

Posteriormente el francés se quejaba de una caída en el rendimiento del motor de su Peugeot 207 S2000, y es que la hemorragia de segundos volvía a desfondarle en Lantosque-Luceram veía cómo se le podía escapar peligrosamente el podio que ayer se fraguó con el libro de Conocimiento del Medio entre manos. Por su parte Basso y Vouilloz seguían haciendo destellos, mientras que Sarrazin veía cómo la caja de cambios ponía fin a un ritmo endiablado que podía abrirle un hueco en el cajón.

Para el segundo y último bucle, y a pesar del escenario en el que nos encontrábamos, el desenlace del guión parecía que iba a seguir los dictámenes hasta entonces establecidos. Con una cómoda ventaja a sus espaldas Bryan Bouffier coronaba por segunda vez el puerto, esa pasarela en la que se ha escrito buena parte de la historia del Mundial de Rallyes, entre flashes, pancartas, luces de bengalas, y gritos de un público enfervorecido que se rendía al ver la estampa de ese Peugeot 207 S2000 decorado con los motivos de la tricolor. Delecour, gesto contrariado como el de un viejo boxeador que soñaba con volver a acaparar las portadas en su regreso al cuadrilátero, se tenía que rendir a la evidencia, al cambio de generación, a las exigencias de un cronómetro que se encargaba de diluir sus sueños de podio y de colmar los de Sarrazin -aunque luego Quesnel decidiera dejarle con la miel en los labios y dársela a Wilks-.

Con los laureles de Campeón de Francia aún próximos, Bouffier ya sabe lo que es doctorarse, pisar un terreno anhelado dese pequeño, ocupar un hueco entre los privilegiados, ganar en "tierra santa".