Parece mentira, pero ya han pasado exactamente 4 décadas del comienzo del Tour de Córcega de 1986. Todos sabemos lo que aconteció en esa prueba: el accidente de Henri Toivonen y Sergio Cresto, a lomos de su Lancia Delta S4, que marcó el final de la era Grupo B y un cambio radical para el WRC y toda la historia de los rallies. La prueba se celebró entre los días 1-3 de aquel año.
El accidente de ellos dos tuvo lugar en la segunda etapa del 2 de mayo - exactamente un año después de que otro piloto de Lancia, Attilio Bettega, falleciese en su Lancia Rally 037 también los tramos corsos. Unos accidentes que acabaron con la era más radical, comparable a la última generación de World Rally Cars que tuvimos entre 2017 y 2021 en varios sentidos.
Lancia, Peugeot, MG, Ford, Audi, Renault, Opel (entre otras muchas, incluyendo Ferrari)… todas ellas acudieron a esta fórmula demencial, en la que la potencia y la ligereza (evolucionando por encima de los desarrollos de otras partes, como chasis o suspensiones) tomaron un protagonismo mucho mayor que la seguridad. Tampoco se puede menospreciar todos los avances que se han realizado desde entonces en materia de seguridad del propio tramo: colocación de los espectadores, ambulancias y helicópteros… muchos se han preguntado si los Grupo B hubieran continuado existiendo de haberse avanzado más en esta materia, sobre todo en evitar aglomeraciones de masas tratando de tocar los coches a medida que pasaban a velocidades de vértigo.
Nos quedan las imágenes, los vídeos, el recuerdo de una era imposible a día de hoy, con una plasticidad que nos devuelve a la esencia de la disciplina. Nos queda, sobre todo, el sonido de estas máquinas, con turbos y supercargadores rugiendo con furia por los tramos de una isla con unas carreteras que son casi como si hubiera sido la isla diseñada para tener de las pruebas más bonitas del mundo. Una prueba que echamos mucho de menos, además, desde su caída del WRC tras la edición 2019.