Sébastien Ogier obtuvo en el Acrópolis su tercera victoria de la temporada. El francés volvió a enrolarse en un duelo a la décima con su compañero Loeb, esta vez no erró y acabó apuntándose un tanto a su favor después de la pifia en Argentina. Pero la polémica en el seno del equipo Citroën estuvo servida en el último tramo del sábado, la especial nocturna en la que, a la postre, estuvo la clave del rallye.
Por decisión del equipo esgrimiendo como argumento la seguridad de sus pilotos, "Seb" no recibió los tiempos parciales de su compañero, que, aunque no quiso reconocerlo, aflojó claramente el ritmo para que el alsaciano le adelantara en la general abriera carretera al día siguiente. Y la jugada le salió perfecta al de Gap, que se escapó en la tercera especial del domingo sin que Loeb pudiera hacer nada para remediar la victoria de su tocayo.
"El reglamento es así. Tenemos que utilizar estas normas para ser lo más rápidos posible. No es bueno para el deporte, pero la realidad nos obliga a hacerlo y para mí es una cosa normal. Creo que todos harían lo mismo si estuvieran en mi situación", se justificaba Ogier, que no es la primera vez que se ve involucrado en esta polémica. "Estamos en la buena línea, mejor que al principio. Todavía estamos a 22 puntos de "Seb". Estamos atrapando a Mikko (Hirvonen), pero Mikko no es nuestro objetivo, sino "Seb", que es el líder del campeonato. Vamos a tratar de seguir así y meter presión". Una vez más el francés lo ha dejado claro en sus declaraciones. Y su jefe, Olivier Quesnel, ya ha movido ficha clamorosamente este fin de semana. La guerra en el seno de Citroën se presenta emocionante...