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Tour de Corse: el rallye de los 10.000 virajes

Recuerdos de una de las pruebas más míticas del WRC

Con Coca-Cola | Raymond Blancafort

Carlos Sainz lo dijo: “El mejor piloto de asfalto tenia que ganar el Tour de Corse. Un rally muy difícil, de especialistas”.
 

El Tour de Corse era una prueba especial, diferente, en el Mundial. La mejor prueba de ello es que se le denominó el Rally de las 10.000 Curvas, un apelativo merecido porque se decía que la única recta de la isla era la pista de aterrizaje del aeropuerto de Ajaccio.
 

Mítica para los aficionados viejos y que añoramos aquellos tiempos y denostamos de los rallyes actuales convertidos en algo demasiado previsible, en un corto sucesión de sprints discontinuos y desaforados, donde el menor error te aparta definitivamente de la lucha por la victoria.
 

Y trágica, porque en ninguna otra prueba del Mundial han fallecido tantos pilotos. Fueron los trágicos accidentes de Attilio Betegga y Henri Toivonen, dos de los mejores pilotos del momento, las que hicieron a los responsables de la FIA borrar de un plumazo los monstruosos Grupo B… y quizás ello sentó las bases del despegue del Rallycross, donde se refugiaron esos ‘bichos’, hoy todavía admirados.
 

Mis primeros recuerdos del Tour de Corse no fueron vívidos in situ. Se remontan cuando era todavía un aficionado, estudiante de bachillerato. Pero quedaron grabados en mi mente y en mi imaginación. Entonces la prueba era otoñal y se jugaba en los tramos de La Castaniccia, una zona montañosa del nordeste de la isla donde las especiales acostumbrabas a estar recubiertas de hojas y eran largas y durísimas.
 

El Tour era tan duro y tan de especialistas, que los pilotos locales acaban jugando siempre un buen papel. Las dinastías Manzagol y Orsini pueden testimoniarlo, aunque el mejor piloto corso ha sido Yves Loubet, tan rápido como poco afortunado y muchas veces en las especiales al lado de su casa, en Porto Vecchio.
 

MAS DE 1.000 KM CRONOMETRADOS
 

Para este año, los organizadores han preparado un recorrido de 316,8 kilómetros cronometrados en sólo diez especiales, la más larga de ellas de 53,78 km. Una distancia igual a la de 2012 cuando ganó Dani Sordo, aunque entonces la prueba no era puntuable para el Mundial sino para el IRC, un campeonato que Eurosport se sacó de la manga y que fue muy popular unos años hasta absorber el campeonato de Europa.
 

¡Ridículo! si lo comparamos con los 626 km cronometrados que la prueba tuvo en 1992, cuando la ganó Carlos Sainz. Y frente a los más de 1.000 que tuvo entre 1979 y 1986, con el récord de 1.176 km cronometrado en 1982, aunque los tramos más largos se quedaron por debajo de los 100 km, en el listón de los 80 km. Y en esos años, el tiempo que los pilotos pasaban en las especiales superaba las 12 horas, en apenas dos etapas, tres días a lo sumo.
 

TRAMOS DE MÁS DE 150 KM
 

Y los 53,78 km de Antissan-Poggio de Nazza son ridículos frente a los 158,6 de Palneca-Ponte Leccia en 1975, el primer tramo con más de 100 kms que recuerdo. La leyenda dice que los Lancia Stratos no tenían suficiente autonomía y que paraban a media especial a cambiar gomas y poner carburante, pese a lo cual Bernand Darniche ganó por sólo 22” a Jean Pierre Nicolas.
 

Las especiales de más de 100 km fueron habituales en esa época. Con los 166,4 de la Porto Vecchio-Prunella (1976) como distancia estrella. Este año otras dos especiales (Calvi-Liamone, de 145,2 y Palneca-Fraciardo, de 137,9) superaban los 100 km y de 88 salidos sólo 11 coches llegaron a la meta.
 

La leyenda de esos años decía que los copilotos no sólo tenían apuntados los tramos sino también algunas zonas de enlace, tan difíciles que mantener el promedio resultaba imposible.
 

El concepto de resistencia era clave, porque además las asistencias eran muy limitadas: no había parques de trabajo sino que la asistencia se colocaba donde podía. Los grandes, con asistencia ligera a principio de tramo para cambiar gomas y pesada a final del mismo para reparar desperfectos… o a la inversa, si las carreteras de acceso así lo aconsejaban. Y para trabajar, apenas unos pocos minutos, los que podías arañar al promedio exigido en el enlace, cinco o seis minutos en el mejor de los casos.

 

“Era un rally genuino de asfalto, donde no te podías dejar ni un milímetro por ningún lado”, recordó Sainz. Las especiales impresionaban. En muchas de ellas, la carretera serpenteaba sobre un acantilado y los quitamiedos no parecían lo suficientemente altos para retener un coche. Quizás por eso hubo tantos accidentes graves. Los mortales son recordados, pero hubo muchos otros en los que hubo fortuna, como el de Tommi Mäkinen en 2001: su Mitsubishi quedó volcado y tambaleándose en el borde del asfalto sobre un precipicio considerable, en otra edición de la prueba, en 2001; su copi, Risto Mannisenmaki, ya no pudo proseguir la temporada por lesión en la columna. En esta edición se impuso Jesús Puras con el Citroën Xsara WRC por sólo 17” de margen.
 

Estas son algunas de las claves de por qué el Tour de Corse es una leyenda. Y lo seguirá siendo.

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