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Mis "batallitas" del Montecarlo

Este es un Montecarlo de celebraciones. Para los aficionados españoles, el 40º aniversario de la ‘Machada de los Taxis’, el 3º y 4º puesto de Antonio Zanini y Salvador Cañellas con los dos Seat oficiales, ya con motores 16 válvulas, y el 7º de Salvador Se

Con Coca-Cola | Raymond Blancafort

Para mí, es el 40 aniversario de mi primer Montecarlo. Bueno, de mi primer Montecarlo como periodista enviado especial de Mundo Deportivo, porque un año antes había estado inscrito en la prueba. No como, sino acompañando a Gerard Hofmann sobre un Alfa Romeo GTV de grupo 1. Llegamos a entrenar los primeros tramos, que se disputaban en Italia y eran del Rally de San Remo, así como los más cercanos a Mónaco y algunos otros, pero nevó más de lo previsto y Michelin nos avisó deque si queríamos neumáticos de clavos debíamos ir a Clermont Ferrand a buscarlos. Faltaban cuatro o cinco días y desistimos. Una asignatura pendiente.
 

Años después entrenaría otros tramos del Montecarlo, entre ellos el mítico Burzet o St. Nazaire-le-Dessert con Antonio Zanini. Usamos un Simca 1200 con el que rompimos la suspensión delantera, que Zanini reparó de emergencia con alambre para poder continuar.  Fue el año que Antonio fue campeón de Europa de Rallies con un Porsche y Jordi Sabater, su copi habitual, estaba indispuesto…. Eran otros tiempos y se entrenaban varias pasadas por tramo y con mucha antelación.
 

De hecho ya había ido antes al Montecarlo, acompañado a Javier del Arco. Por entonces yo acababa de entrar en Fórmula, la revista de competición por antonomasia –nunca se volverá a editar algo tan cuidado, en papel couché, como aquella revista tras la cual estaba ese gran y malogrado aficionado que era Paco Torredemer, junto a otros pilotos y grandes aficionados de la época.
 

Montecarlo es un saco de anécdotas increíble. De hecho, los rallies en aquella época hacían que los periodistas fuéramos un poco ‘clochards’, bohemios totales. Y uno ya está en la edad de ser ‘abuelo Cebolleta’ (para los más jóvenes, la Familia Cebolleta era un comic que semanalmente se publicaba en el TBO, un tebeo para niños, un abuelete aquejado de gota y muchas veces en silla de ruedas al que sus nietos tomaban el pelo cuando les explicaba sus batallitas de joven) así que no he podido resistir la tentación de explicar algunas.
 

Con Javier del Arco nos hospedamos enl Hotel du Tende, que pese a su nombre era una fonducha con una pequeña ducha y un wc en el pasillo, y siete mantas para olvidar el frío… pero el ambiente era familiar y el menú, muy logrado… quizás porque Javier era cliente asiduo tanto para el rally como para el Gran Premio.
 

Había ido después para Fórmula acompañando al fotógrafo, Jordi Brú de Sala, a quien popularmente denominábanos ‘Tribulete’ (homenaje a otro personaje de comic, éste de la revista Pulgarcito, el Reportero Tribulete’). Recuerdo que en St. Bonnet-le-Froid encontramos un sito espectacular, a pleno sol….. pero con nuestros cuerpos enterrados en la nieve hasta la cintura.
 

Si con Javier seguimos la Noche del Turini desde la sala de prensa –no había Internet, ni siquiera se había inventado el fax, se escribía en ruidosas maquinas portátiles y las crónicas se entregaban a un operador de telex que las transcribía. Los tiempos, de tare en tarde, se iban actualizando en la pizarra, y era trabajo personal ir actualizando la clasificación. Eran otros tiempos y los golpes de teatro se sucedían. Las décimas no contaban y las diferencias se marcaban en segundos, muchos segundos. Perder 2’ no significaba mucho porque podían recuperarse; la prueba tenía el doble de kilómetros cronometrados que ahora y eso se notaba. Y la famosa ‘Noche del Turini comenzaba a eso de las 8 de la tarde para acabar bastante después del amanecer, primero con asistencia cerca de Mónaco y después en un área de servicio de la autopista a la que accedíamos entrando alguna vez desde Italia.





MIEDO CONDUCIENDO

Mi Montecarlo con ‘Tribulete’ fue épico. Lo de Saint Bonnet-le-Froid, mera anécdota.  Recuerdo que buscando un atajo para ir de un tramo a otro, en pleno día, me metí por una carretera absolutamente colgada, apenas 3 de asfalto ‘excavados’ en el acantilado. ¡¡¡¡Nunca he pasado tanto miedo conduciendo!!!. Casi pánico, llegue a pararme…. A rezar para que no viniera nadie de cara porque si casi no me atrevía a avanzar, desde luego no quería ni pensar en tener que ir marcha atrás.
 

Recuerdo también mi flamante placa de prensa que me permitió acercarme al Col de Turini. Yo quería ver las peleas entre italianos y franceses, partidarios de Lancia y de Alpine, en la cima, unos a un lado de la carretera y otros en el opuesto… bola de nieve va, bola de nieve viene. Los gendarmes habían cortado la circulación en Paira Cava, a once kilómetros más o menos del col. La placa nos permitió superar esta barrera y allí subimos sin clavos ni cadenas…. ayudados por unos aficionados que hacían autostop para no andar los 11 km. Cuatro o cinco en el asiento de atrás y dos o tres en el maletero y ‘pa arriba’, que el peso da tracción, esquivado andarines aficionados que nos miraban con envidia.  No pudimos llegar hasta el Col, a 3 km nos pararon los gendarmes: “usted tiene placa, pero no hay sitio’.


LA BOTELLA DE COÑAC, EL MEJOR DE LOS PASES

Cuando llegados al Col, no había sitio en los dos bares-hotelito que estaban casi en la cima. El termo iba a ayudarnos, pero el frío arreciaba, Los ‘aficionados viejos’ estaban en primera línea desde hacía horas… incluso con barriles cortados por la mitad, en cuyo interior había una reconfortante fogata con trozos de ramas cogidas ‘in situ’. Para Jordi, imposible llegar a primera fila para las fotos… pero Javier nos había enseñado un truco. Para que el operador del telex diera prioridad a tu crónica nada mejor que un obsequio previo: si era hombre, botella de coñac a canto, si mujer un pañuelo, unos bombones o un perfume garantizaban el ‘acceso express’. Un par de botellas de coñac (bueno hoy se llama brandy, era Fundador o Terry) que aun llevábamos –pese a que soy abstemio…. ya lo sabéis, sólo bebo Coca Cola- nos garantizaron acceso directo al fuego y a primera línea.
 

En el Turini siempre había nieve. Los aficionados esperaban el pase de los ouvreurs para colocar nieve si no había, o todavía más nieve. Pero los pilotos lo sabían así que les pillaban de improviso. Era una tradición, no como esos que colocaban nieve en una frenada más o menos seca en la bajada y que causaron más de un abandono por salida. Lo primero era tolerado y lo segundo, pura gamberrada que en ocasiones cambio la historia de la carrera.
 

Con ‘Tribulete’ vivimos varias ediciones. Siempre había un hueco para visitar la cercana Menton…. Donde habia un cine de pelis porno, de esas que nuestros amigos –y sus padres- iban a ver a Perpinang.  Y recuerdo en una ocasión que nos encontramos sin hotel y tuvimos que recurrir a una pensión en Niza…. cuyas habitaciones acostumbraban a ocuparlas las ‘chicas de la vida’ para aliviar las calenturas de sus clientes…. pero había que dormir como fuera.


MONTECARLO ES UNA RULETA Y A VECES SONRÍE LA FORTUNA

Mención para mis viajes con la Peña Motorista 10 por Hora. Era el club más activo de Catalunya y posiblemente de España y organizaba entre otros el Rally Costa Brava, puntuable para el Europeo con coeficiente máximo. Tenían la costumbre de ir a Mónaco, que era apenas un mes antes, para cerrar la participación del equipo Fiat y también de algunos privados con los que ofrecer una amplia lista de inscritos internacional. Hotel gratis, inscripción gratis y unos litros de gasolina permitían reclutar a una decena de participantes foráneos. Yo formaba parte de la Comisión Deportiva de la Penya a las órdenes de Salvador Sansa y me llevaban.


Un año, ya como periodista, hice corto de dinero y las tarjetas de crédito eran algo desconocido para mí –llegue a ir a un Dakar con más de medio millón de pesetas en el bolsillo- y temía no tener suficiente para la gasolina y los peajes de regreso. Sabía que los de la Peña se habían citado en el Café de París para desayunar y cerrar trato con un par de pilotos y allí me dirigí en busca de auxilio. Tenía una moneda de 10 francos en el bolsillo y decidí ‘invertirla’ en una máquina tragaperras casi como ‘venganza a la frustración’ por la situación…. y sonó una música maravillosa y el tintineo de monedas cayendo. Fueron 300 francos, suficientes para regresar.


EL RETORNO, CON SAINZ

Estuve muchos años después sin ir al Montecarlo. Volví en la época de Carlos Sainz, disfruté mucho con él. Por entonces instituí otra tradición. Según el horario de la prueba había que ir un día a comer o cenar a ‘La Chiesa Rusa’, un restaurante de San Remo, que inicialmente estaba frente a la iglesia rusa, muy cerca del hotel cuartel general del Rally San Remo y que nos hicieron descubrir Carlos Sainz, Luis Moya y sus ouvreurs, Josep Culubret y Jaume Vizern –a quienes llamabamos ‘los Mets’-. Desde entonces, cuando iba al Rally de Montecarlo, al Rally de San Remo o al GP de Mónaco el pasar a saludar al Seños Carmelo y comer sus pastas, arroces o pizzas se convirtió para mí casi en una religión. Y en muchas ocasiones, acompañado por otros compañeros de profesión.


También recuerdo los años con Seat Sport, invitados por la marca para seguir la carrera de sus Ibiza Kit Car o el Córdoba WRC. Sentía particular emoción o debilidad por los ‘coches de casa’


Con el tiempo, los ordenadores e Internet la cosa se hizo más complicada. Mucha sala de prensa para enviar las crónicas y visita a los equipos en la zona de asistencia (antes cada equipo hacía asistencia donde le venía en gusto y encontrarlos era complicado… aunque si había complicidad te lo acababan chivando) y poco tramo. El pase de prensa te deja acceder a zona muy cercana al tramo… si los embotellamientos no lo impiden y muchas veces no te la podías jugar. Con la tecnología y la planificación, las batallitas se convirtieron cada vez en algo menos frecuente.


Pero pese a todo recuerdo una. Tiene mucho que ver con esta columna. Fue hace 4 años, en Gap. Me encontré en la sala de prensa con Ferrán Forés y Nacho Villarin, los hombres de RevistaScratch.com. Allí hablamos largo y tendido y le dije a Ferrán que un día escribiría para él y él me dijo que le gustaría muchísimo pero no sabía si podría ser posible. Cuatro años después es posible y real.


Aquella última noche de Gap Nacho, una brillante promesa de periodista de rallies, estaba muy desanimado. Habían tenido problemas con las acreditaciones, no tenían pase de coche y sólo una acreditación para las tres personas desplazadas. Era su primer Montecarlo y el títular del pase, pero dependía del coche de Ferrán. Y este decidó que sin pase, lo mejor era volver a Barcelona. Yo le dije a Nacho: “tengo coche y mis hoteles son de habitación doble. Vente conmigo. Cuatro días de compartir vivencias las 24 horas sellaron una gran amistad.

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